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DESDE MI BALCON NATALINO: SISMICAMENTE CULTOS

Escribe: Ramón Arriagada  Gran parte de mi infancia  y juventud  la viví en  una ciudad con cultura sísmica. Muchas de las conversaciones con nuestros mayores alrededor de un brasero en inviernos  lluviosos, giraban alrededor del  terremoto del año 1939. A los  pequeños ávidos de escuchar historias espeluznantes de los más viejos,  saber que en  Chillán, la ciudad  que  habitábamos,  había sido el lugar de muerte para treinta mil personas,  nos  dejaba  espirituados y con pesadillas. Alrededor nuestro se sentían  las ánimas llorosas. Escuchar todo aquello del rescate de los muertos;   lanzados sin misericordia arriba de carretones para ser  depositados  en la gran fosa común del cementerio de la ciudad, era  fascinante.   Pero el relato que más  nos impresionaba,  fue saber como los soldados conscriptos  llevados  para la emergencia,  registraban los cadáveres para sacarles sus joyas  y los remataban sacándoles con el “yatagán” las tapaduras de oro. La gran recogida  en esa siniestra operación fue en el Teatro Municipal de Chillán que se vino abajo; en el lugar a la hora del terremoto del 23 de  enero de 1939 se desarrollaba una Gala. Estaban presentes los caballeros y damas  más empingorotados de la sociedad  ñublense, quienes después de ser sometidos a la revisión de rigor, también fueron a dar con su humanidad a la fosa  que por emergencia fue democráticamente común.  Cómo entender que todos esos seres humanos que nos trasmitían  sus historias mitad mito y realidad, habían tenido el estoicismo de quedarse  a la reconstrucción de la nueva ciudad, a pasear por sus plazas  y calles, casarse y  procrearnos.  Alguien ha  repetido, esta semana,  parafraseando a Vicuña Mackena, que los grandes arquitectos de Chile, han sido los  terremotos.  Viví esa cultura sísmica  que en sus manifestaciones  mostraba un  rasgo  morboso, cuando en fiestas y paseos todos entonaban con jolgorio las estrofas del   “Chillán, ciudad del movimiento, los cadáveres salen por entre el pavimento”.  En estos días de congoja, de solidaridad, de acusaciones, de conmiseraciones, de teletones improvisadas con metas superadas planificadamente,  los siquiatras, guardianes de nuestro estado emocional, han opinado que en Chile los terremotos ya no constituyen causa de trauma síquico.  Días después del gran terremoto, llamo a mi hija residente en Concepción, cuando se conoce de otro remezón grado seis, y hablamos de  ¡réplica!  . En cualquier lugar del mundo eso es un terremoto.  Estoicismo puro.  El mismo que se necesitará para  reconstruir este país que cada veinticinco años se nos viene abajo.