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DESDE MI BALCON NATALINO: NUESTRA SEMANA RABIOSA.

Escribe: Ramón Arriagada

 

                        Trato de recordar quien fue el personaje  que  difundió aquello  que 

“la buena política es hacer creer a los pueblos que son libres”.  Los gobiernos son calificados a partir de su capacidad para domesticar  a sus ciudadanos;  crear un clima social  tranquilo para que el modelo de dominación no se deteriore; en democracia, tratan de usar lo menos el garrote y más  la persuasión. Todo a través  de sus aparatos comunicacionales neutralizando a los menos informados,  que siempre son mayoría.   

 

No era extraño, por lo tanto,  que  los gobiernos de la  Concertación,  después de casi veinte años, manejaran a la perfección los medios para evitar desbordes sociales.  Los pescadores artesanales  en Magallanes,  bien lo experimentaron. A una toma  caminera, era de esperar la represión como recurso específico del método  de gobernar.  Con lujos de detalles escuché esas historias de botes en llamas, lacrimógenas y correteadas  a manifestantes por la inmensidad de la pampa.   

Algún día se sabrá con  precisión, porque al Gobierno de Piñera fue tan renuente a usar la represión, elemento persuasivo tan lógico para un  conglomerado, que prometió  a sus adherentes cautelar el orden y la propiedad privada.

 

Una golondrina no hace verano, ni una gaviota se pierde en el mar. En Magallanes afloró del cuerpo social una alternativa emergente,  antisistémica y de soñadores  de autonomías.   Como todo movimiento espontáneo, bastaba una consigna para movilizarlo,  no había la intención ni remota de luchar  por la independencia de la dictadura transversal del centralismo.

 

Fue un estado de ánimo, nacido como reacción a las desigualdades extremas y la marginación del  modelo económico;  hubo poder popular en las calientes  161 horas de  catarsis regionalista.  Pero,  al ser un  comportamiento colectivo, carente  de ideología, pasará a la historia como un movimiento social, hasta simpático para los historiadores y cientistas sociales que lo estudien en el futuro.  Como la  recordada Revolución Pingüina. 

 

El voluntarismo de las barricadas por momentos se transformó en luchas de clases, cuya radicalización fue creciendo peligrosamente,  a medida  que avanzaban  las horas.  La autoridad y rango en los combatientes, nacía  del sacrificio en la permanencia  tras  una barricada;  mandato que se tornó peligroso, hasta para los propios dirigentes de la Asamblea.  Quienes ascendían por méritos piqueteros en la toma de decisiones, no comprendían  la necesidad de negociar de toda lucha social. Es lo que hizo temer a un parlamentario, al quinto día, con toda justeza y visión, cuando afirmó que se estaba en “las puertas de un caos social”.

 

  Respecto de nuestra semana rabiosa,  ésta es mi opinión,  en un debate  que recién se inicia, en donde  es necesario tomar posiciones y no permitir que otros opinen por usted.