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DESDE MI BALCON NATALINO:ESCALA SINFONICA

Escribe : Ramón Arriagada

 De regreso a  Magallanes el fin de semana hago una escala en Concepción. Es increíble como la vida diaria, sigue igual en una región,  sacudida por uno de los terremotos más traumáticos  en la vida nacional.  Recorriendo sus calles centrales, no puedo evitar,  recuento de imágenes  dantescas;  de edificios volteados por la furia de la naturaleza,  hombres-rapiñas huyendo con pertenencias de supermercados saqueados, maremotos y guardias armadas vigilando  los barrios.

 

Víspera de la  marqueteada celebración del día del padre.  Familias completas que concurren presurosas, como autómatas  ante los plañideros llamados,  que provienen de los modernos templos de adoración  al consumo.  El mall  “El Trébol” está  funcionando a tablero vuelto ese día sábado;  los compradores blandiendo  tarjetas de créditos,  se llevan todo el chinerío,  a tres meses sin recargo.

 

Opto por saber que está pasando en el otro Concepción.  Siendo la segunda ciudad de Chile, cuna de una de las mejores universidades del país, algo  tenía que ofrecer.  No me equivoco. Para ese  sábado lluvioso - de  mucho humo de leña- en la  cartelera están:  la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Concepción  anunciando  la interpretación de la “Quinta Sinfonía” de Beethoven;  en la  Catedral,  “La Misa de Requiém” de Mozart  con la fantástica Orquesta Juvenil de Curanilahue, apoyada por conocidos tenores y  sopranos nacionales; en tanto el Casino local anunciaba  a  componentes del ballet sobre hielo  de Moscú.

 

Descartado el ballet  en el casino, lo consideré presuntuoso; estos espectáculos a veces se aprovechan de la buena fe del público y están muy lejos de ser los auténticos. La decisión final fue difícil, pero  elegí vivir la emoción de escuchar los acordes iniciales de la “Quinta Sinfonía”, el famoso “ plata pa´ pan”.  Mi vecino, el señor Schaeffer,  brillante intérprete del violín, al morir pidió en la lápida su nombre  con un pentagrama  del famoso  primer movimiento.  Por mucho tiempo, los visitantes al cementerio de Chillán, visitaban la tumba para apreciar la última  voluntad del músico.

 

Con el espíritu elevado por los sones  de tan majestuosa creación humana;  incrédulo de estar viendo  cerca de cien intérpretes en el escenario, no puedo dejar de recordar el trabajo  encomiable de la comunidad  salesiana natalina,  por seguir  privilegiando a sus jóvenes músicos.  Al mismo tiempo, agradezco que en Chile existan universidades, que no pensando en el lucro,  sigan manteniendo actividades dirigidas a enaltecer los valores más significativos del quehacer  cultural.