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DESDE MI BALCÓN NATALINO: “SANADORES REMOTOS”

Nunca he asistido a un curso de computación. Me imagino que deben ser muy latosos. Ni pensar como serán los exámenes y las calificaciones. Lo que hago es aprovechar lo asimilado por otros, para recibir el alimento computacional, ya deglutido. Es un proceso de transacción digital, al cual estamos obligados los más viejos, para poder auto valernos.

¡Ni lo soñamos!, en aquellos años de mayor plenitud en el aprendizaje de destrezas para nuestra sobrevivencia, que un día los jóvenes serían nuestros aventajados maestros. Nuestra generación, encontraba en sus mayores, contenidos trascendentes; había que escuchar a quienes los años les habían entregado sabiduría. Los jóvenes de hoy, metidos en los mundos nebulosos del aprendizaje computacional, poco y nada les importa la experiencia de adultos mayores. Se ha cortado un eslabón básico de la transmisión cultural, y no por ello, las nuevas generaciones son infelices.

Son muchos los adultos quienes han concluido, que la asimilación al computador no es su preocupación. Inconcientemente han pasado a conformar el grupo de los analfabetos digitales. Quienes, para nuestra sobrevivencia, y con un fin meramente utilitario, desarrollamos habilidades a nivel usuario -escabullendo algunas habilidades básicas como elaborar una planilla Excel- me imagino estaremos en la categoría de analfabetos remitentes.

Hace unos días, mi fiel notebook casi entra en una etapa terminal. Un mal suministro de un antivirus, administrado por un profesional incompetente, lo tenía por las cuerdas. Se han fijado que todos los sanadores computacionales, están prestos para hacer domicilios. Llegan con un bolsito bajo el brazo, y después de escuchar pacientemente la sintomatología del tincado aparato, comienzan a deslizar como eximios pianistas sus manos sobre el teclado. La pantalla se agita y estalla en coloridos, ya cuando está a punto de entrar en espasmos, el sanador sentencia…“necesita una desfragmentación del disco duro, así que déjelo prendido, yo desde mi casa, lo voy arreglar esta noche”.

No pude dejar de recordar a mi amigo Cañuqueo. El contrató desde Puerto Natales a monjes brasileños que operarían a distancia a su mujer. Ella debía esperar esa noche prefijada en su cama -toda blancura- la acción de los facultativos. A medianoche mi buen amigo sintió unos dolores terribles en la región abdominal. A gritos trató de convencer a los monjes sanadores que se habían equivocado de pieza. No hubo caso, lo desfragmentaron.