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DESDE MI BALCON NATALINO:LOS MILAGROS DE LA MUSICA

Es difícil ser melómano en Puerto Natales.  El amor por los clásicos de la música es algo irrenunciable,  cuando  se ha incorporado a tu ADN, pero hay que alimentarlo.   Traigo este tema a colación  a raíz,  de la Jornadas  Culturales de Magallanes, que con gran entrega de sus organizadores llegan a Puerto Natales.  En estos días nos han visitado la Orquesta de Cámara de la Universidad Católica,  el Grupo Flamenco La Triada y este lunes   Ensamble de Bronces y Percusión de la Araucanía. 

 

Bien por el repertorio que nos trajeron los  universitarios católicos.  Los arreglos y armonías de las canciones más escuchadas de los Beatles,  amplificados por la espectacular acústica  de nuestro templo parroquial, removieron  vivencias juveniles de los años setenta, demostrando que la música es la voz de lo infinito. 

Luego y para darle realce a la  presentación,  acompañaron a Daniel Lewin, intérprete  de bandoneón.   Qué  milagros  produce ese instrumento; te hace  quedar elevado y en suspenso,  como obligado a seguir las muecas y gestos de quien se inspira en interpretarlo.

 

Esa tarde al escuchar el bandoneón solemne de Lewin,   interpretando “La Cumparsita” en un escenario tan sacro e inmaculado como la Parroquia de mi pueblo,  recordé  mis conversaciones con Alberto Melitón Ojeda,  músico del corazón, el último de los bandoleonistas  de los muchos y buenos que hubo en Natales para a  alegrar las noches pecaminosas de la calle Prat. 

 

Un resfrío rebelde, no me dio tregua para ir a presenciar a los bailadores de flamenco. Pero los comentarios escuchados fueron halagadores para el grupo de zapateadores sobre el tablao en el Salón de Eventos.  Pero ya  restablecido, presencié las habilidades musicales de jóvenes músicos venidos de la Araucanía. Mis  aplausos para su interpretación de  “William Tell” y  “Virgen de la Macarena” ; excepcional  el sonido  de las trompetas de la orquesta -  reforzada con jóvenes músicos natalinos – al tocar  la marcha “Aída” de  Giuseppe Verdi.

 

No fue acertado el haber incluido en el repertorio, ante un auditorio  en su mayoría poco docto, un ejercicio musical anunciado como “Improvisación  Intuitiva”.  Fue un lindo juego para los intérpretes, una tortura para la audiencia.  El impacto de los sones en las paredes parroquiales, obligaron a las pobres almas allí  albergadas  a una  estampida, como si se las llevara el diablo.  Al salir del templo parroquial,  me imaginé ver las pobres animitas  al frente,  en plena plaza,  aún asustadas y prontas a regresar a su tranquilo y eterno refugio.  

 

 Bien por la  música que hace milagros.