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DESDE MI BALCON NATALINO: EN MI PUEBLO, SE ACABÓ LA FIESTA

Escribe Ramón Arriagada

 

 

 

 

 

 

 

 

En  ciudades pequeñas como la nuestra, aún  hay  espacios para soñadores, buscadores de lo imposible, asaltantes del cielo,  locos lindos.

 

 

 

 

Son lugares donde viven  muchachas que  “querían vivir en Bahía pero en San Telmo languidecían”.   En Chile  la Carmela es de San Rosendo, pueblito cuyo único mérito en la historia de Chile,  fue ser  la partida de un ramal hacia  villorrios  polvorientos de nuestra cordillera central.

 

 

 

 

En la  sentida entonación,  “Carito”,  comprueba que en Buenos Aires los zapatos son modernos, pero no  lucen como en la plaza del pueblo.  El propio autor de la letra lo critica por haber  cambiado un mar de gentes por donde gobierna la flor.   Luego  en esta fauna humana está “Cachito” el boxeador rasquita de Corrientes, que  no midiendo sus fuerzas  se va  a  combatir a la capital, le sacan la cresta sobre el ring,  y eso hace que todo el mundo pueblerino “llore la suerte del campeón”.

 

 

 

 

 

La música y la literatura está repleta de  vidas mínimas, que desde ciudades ignotas, tienen su mirada puesta en  los centros neurálgicos del poder y  sueñan con llegar algún día a conquistarlos.

 

 

 

 

 

En enero y febrero en todos los pueblos pequeños de Chile asoman  celebraciones y festivales  que son muy esperados, porque rompen  la languidez  propia del estío, como también el hastío de la cultura centralista.  En ya modernizados escenarios,  con equipos de la mejor tecnología irrumpen los festivales de la sandía, de la cebolla, del camarón, del tomate;   el hot –dog,  el asado,  la  parrillada, el brazo reina, la tortilla, el curanto más grande del mundo.  Es la necesidad de trascender.

 

 

 

 

 

 

Pretenden impactar en la atención  de la gran capital,  de los informativos de los grandes periódicos y canales de televisión;  pero no persisten al constatar que la gran capital, como es Santiago, que tanto nos  cuesta a los chilenos mantener, está preocupada de tener el  Metro más grande de  Sudamérica,  alargando sus infinitos recovecos subterráneos.  Pasarán los días,  los  actores y protagonistas de la fiesta   se irán enredando hasta desaparecer  en la memoria del colectivo pueblerino.

 

 

 

 

 

 

 

Terminaron las 100 horas de locución de  nuestro altruista Arturo Pérez;  jóvenes muchachas hicieron obras de caridad, bailaron, se coronaron. Por una  semana nos olvidamos de los pescadores sin pescados,  de los salmones con virus,  del aeropuerto sin aviones, de los trabajadores sin trabajo.

 

 

 

 

 

 

Es hora de ir  bajando la cuesta, ya que en mi pueblo se  acabó la fiesta.